El 19 de marzo de 2020, el día en que Brasil cerró su frontera con Venezuela, ante la urgencia de contener la pandemia provocada por la proliferación del COVID-19 y las debilidades de su Sistema Único de Salud (SUS), me quedé sin empleo, sin la posibilidad de comprar la mercancía que vende mi marido, sin acceso al supermercado, nuestras niñas (de 10 y 17 años) se quedaron sin escuela y, claro, los cuatro nos quedamos sin el servicio médico brasileño del cual dependíamos como habitantes de esta frontera, es decir sin SUS-Brasil. 

Desde hace 15 años vivo en Santa Elena de Uairén, la última ciudad venezolana hacia el sureste, a 15 minutos de Brasil, la capital del municipio Gran Sabana, territorio ancestral del Pueblo Indígena Pemón. Pacaraima es la primera localidad brasileña al traspasar “La Línea”. 

A partir de 2015, quienes habitamos aquí presenciamos la salida masiva de venezolanos, por lo general los de menos recursos económicos, procedentes de los estados orientales del país, buscando simplemente atención médica, medicamentos y comida. Mientras que nosotros, los habitantes de frontera, nos ideamos otro tipo de estrategia de sobrevivencia: aceleramos la gestión de los documentos que nos permitieran tener una cuenta bancaria, empleo o alguna fuente de ingresos en Brasil, eran los tiempos  ganar en reales y gastar en bolívares, inscribimos los niños en las escuelas brasileñas y gestionamos el Carnet SUS. 

Así como los que venían de los estados orientales, de Anzoátegui, Monagas y de las grandes urbes de Bolívar procuran llegar a Boa Vista, la capital del brasileño estado de Roraima fronterizo con Venezuela,  por ser la ciudad al alcance de sus bolsillos o de sus pies; los que ya vivíamos en la frontera pulimos nuestro portugués, retomamos nuestros contactos del otro lado de los hitos para conseguir ganarnos la vida en moneda extranjera porque la propia perdió su valor y colocamos nuestros chamos en las escuelas del lado brasilero porque nuestras escuelas se quedaban sin maestros

Unos y otros, los de afuera, los outsiders y los de aquí, los establecidos, activamos las estrategias de sobrevivencia a nuestro alcance. Mas el 19 de marzo, el día en que Brasil se sumó a la declaratoria internacional de la pandemia y cayó la barrera amarilla que impide el paso libre, esa dinámica, que considerábamos común por lo cotidiana, cambió. Fue un portazo en la cara. 

Recuerdo con precisión ese día: al salir del trabajo, me quedé a almorzar en el Puesto de Triaje de la Organización de las Naciones Unidas (PTRIG), al cual tenía acceso como voluntaria de Cáritas Brasilera y al salir, a sabiendas de que no habría vuelta atrás, la frontera cerró a media mañana, me fui al supermercado a hacer un compra que, de acuerdo con mis cálculos, me alcanzaría para un mes o cuarenta días. 

Al salir del supermercado, como ya no había taxis venezolanos rodando por la ciudad, tuve que pagar a un caletero para que me llevara las bolsas hasta el otro lado. “El chico de la lágrima”, blanco, lozano y con una lágrima tatuada en el pómulo izquierdo, cruzó conmigo el punto de control de la Policía Federal Brasilera. Me cobró 10 reales, el equivalente a 2 dólares, por llevar el mercado hasta la Aduana Ecológica, aproximadamente 1,2 kilómetros de recorrido. Me dijo que vivía en Pacaraima y que cruzaría de vuelta por una pica distante. 

Cuando pasé aquella barrera humana de policías federales y soldados brasileños, tuve la certeza de que, al menos por esa vía, frente al Monumento de las Banderas, no volvería a pasar en mucho tiempo. Subí al taxi con lo que me quedaba de dinero en efectivo y volví a casa. 

Al día siguiente, nos levantamos y nos alistamos guiados por la determinación familiar de pasar la cuarentena en nuestra casa en construcción en la montaña de Piedra Kanaima, al sureste de Santa Elena, un lugar rodeado de árboles, con una vista amplia de la Gran Sabana. Hasta ese día, nos veníamos los fines de semana, desde entonces nos mudamos. Al permanecer aquí, sembramos más, regamos más, comenzamos a cosechar y nos integramos más a nuestro trabajo como guardabosques voluntarios del Parque Municipal Piedra Kanaima, 1.800 hectáreas de bosque con las cuales colinda nuestro sitio.

El estar en el lugar que escogimos para vivir nos permitió reconectar con el sueño, con la vida que escogimos y seguimos deseando, aunque el país se encuentre como se encuentra; el contacto con la tierra, con el bosque, con el agua de manantial nos reconforta; no dependemos de lo que cosechamos, pero cada ensalada, cada pesto, cada jugo de parchita nos sabe a gloria; nuestro trabajo como Guardianes del Bosque nos ocupa, nos enorgullece, a pesar de la falta de gas y la tala. Como guardianes mi marido hizo amigos que tenían mercancía y necesitaban de un buen vendedor y desde agosto comencé a hacer trabajo etnográfico en apoyo a una antropóloga holandesa que investiga y analiza a partir de aspectos que hacen parte de nuestro día a día: crisis y sobrevivencia. 

Hoy es domingo, 20 de diciembre, llevamos nueve meses de cuarentena, flexible, radical, relajada hasta enero, descarto los adjetivos. La frontera continúa cerrada. 

No pretendo dar lecciones de autoayuda. Pero creo que estamos vivos, sanos, juntos y felices  —a pesar del país y la pandemia— porque dejamos que el tiempo hiciera su trabajo, nos agarramos al sueño, a aquello que alguna vez anhelamos. Claro, con la flexibilidad para agradecer y celebrar el regalo recibido, aunque no sea exactamente el regalo solicitado. 

Vivo en la Gran Sabana y, cada mañana, al abrir la puerta de mi casa, miro al Roraima y al Kukenán, a veces, despejados; a veces, apenas arropados entre las nubes; a veces, ahogados entre nubarrones y entonces digo, como para recordar en dónde estoy y la magnitud del regalo que es mi vida tal como es: “Buen día, Gran Sabana; buen día, bosque“.

Morelia Morillo Ramos es periodista, MC en Sociedad y Frontera, habitante de la Gran Sabana.

Este texto forma parte del Dossier de opinión 2020 de Efecto Cocuyo, puede leer la publicación completa aquí.

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