El protagonismo sino-ruso en Venezuela es más que evidente desde hace varios años. Y más allá de la visión inicial de la “multipolaridad” promovida por Hugo Chávez desde principios de los noventa, incluso antes de tomar el poder, que le valió como estrategia acercarse a estos países para contrarrestar la influencia estadounidense en la región, previendo; obviamente, las futuras contradicciones y diferencias con las posiciones de Washington, hay que tener más en cuenta el relanzamiento del eje Beijing-Moscú a partir del crecimiento económico chino y su nuevo papel en la geopolítica mundial. Ello, en virtud de que ahora el mundo tiene un formato que se mueve más en sentido de la multipolaridad y por ello, nuestro país sirve como laboratorio para las pujas por la influencia global.

Desde Caracas se apostó muy duro por la consolidación de esas relaciones aún a costa de la enorme erogación que significó para las finanzas públicas de todos los venezolanos. Se incrementaron notablemente los viajes y las adquisiciones tanto a Rusia en lo armamentístico fundamentalmente, como a China de innumerables bienes bajo el formato de créditos que mayoritariamente no ingresaban como dinero fresco sino a través de productos manufacturados o maquillados en Venezuela con materia prima y financiamiento de Beijing.

Este esquema de operaciones más el incremento en una primera etapa de la retórica antinorteamericana desde Caracas y luego de ruptura diplomática e influencia continental con la aplicación de la geopolítica petrolera, convirtieron a Venezuela en un país de gran atractivo para el nuevo eje que ha venido surgiendo en el horizonte desafiando la unipolaridad estadounidense. 

A partir de allí, tanto en el Consejo de Seguridad de la ONU, como en el resto de los organismos multilaterales y hemisféricos, China y Rusia han usado su influencia para respaldar plenamente a su gran aliado en la región. Han respaldado a Nicolás Maduro y su gobierno diplomáticamente y hasta financieramente en contra de las posiciones de los Estados Unidos como de la Unión Europea y la mayoría de países de la región, gravemente afectados por la situación política y económica venezolana que los ha impactado con una migración superior a los cinco millones de personas, según las cifras más conservadoras.

Esta disputa por influencia mundial y sobre la base de la multipolaridad, ha venido determinando el rumbo de los acontecimientos políticos venezolanos con la partición del liderazgo político que no se reconoce mutuamente en instituciones que puedan procesar las diferencias en las disputas de poder.

El punto débil de la ecuación es la población que sufre los rigores de una crisis multidimensional profundizada desde hace siete años que ha trastocado todos los indicadores. La población venezolana, ajena totalmente a los conflictos geopolíticos de nuevo cuño es víctima de una realidad que se ha prolongado por años.

Este 2021 inicia con más dispersión institucional en Venezuela y con mucha incertidumbre para el corto plazo. Esta primera semana de enero puede marcar la pauta de lo que será la ruta de los acontecimientos que una vez más, van a tener el sello descriptivo del eje sino-ruso versus los Estados Unidos y la Unión Europea. Esperemos que los venezolanos podamos retomar el protagonismo de nuestra soberanía y nuestro propio rumbo ante tantos intereses contrastados.

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